DESDE PRIMAVERA (POEMA PARA MI MADRE)
Desde Primavera, madre, los corintios duermen,
como si no llegara el mediodía, en vez de un
perfume, una flor, una joya,
dejaré los ojos al unísono del viento desarrollar
esta poesía.
Mujer casada o cansada, triste, ciertamente, madre,
los años pasan.
Entre los recuerdos no habitará la historia, el día
en que una cuna se halla calmado,
las nanas que una noche vuelan para dormir
eternamente,
no suponen, madre, ni respeto, ni corazón,
ni suerte.
Pero como el papel, este silencio está plagado
de notas,
pues aún sabiendo tú, que nadie más lo sepa,
no volverá la Primavera,
más en ti, en este verso,
sigue la magia del niño que siendo mayor te
compuso esta poesía.
DESPEDIDA
Ha muerto nuestra juventud sobre las rosas.
Era de día, nos miramos al marchar, pero nos
fuimos obscureciendo, nosotros dos, por
caminos diferentes.
Yo te pregunté si me querías.
¿ Qué pensabas ? ¿ Que te llevaría volando a
Las nubes ? ¿ Que te sorprendería la mañana
entre mis brazos ?
No pude alcanzarte más estrellas, pero tú
seguías delirando.
Pensabas que eras amiga de Venus.
Una diosa fraternal y graciosa.
Que al mirarte te amaría. ¡ Olvídalo !
Ha muerto nuestra juventud sobre las rosas.
DILE A ESE SANTO DOCTOR
Pide al doctor que te recete versos y quebrantos,
(aquél que te agenciaba agendas de futuro),
dile que las pieles de gallo de tu fracaso impuro,
han dejado nueva cuenta al fondo de tu saldo.
Dile que estás aquí para hacerte un nuevo estudio,
que la ciencia es poderosa, que no invierte en milagros,
que te han tratado mal los últimos diez años,
que no puedes, al fin, recuperar lo que fue tuyo.
Ponte nuevas intenciones para hacerte valiente,
no para hacerte valer ni hallarte casta.
Hay cosas que no se recuperan fácilmente.
Métete a monja, mujer, no te llegues por casa.
Juega con la rosa y el bisturí, prueba con silicona,
quizá, para el año diez mil, sepas quién te amó.
Dile a ese santo doctor, que te llenó de goma,
que aunque sea especialista en venas y ateromas,
nunca supo, tan siquiera, transplantarte el corazón.
A LA SOMBRA DE UNA MECEDORA QUE TENÍA MI ABUELO
A la sombra de una mecedora que tenía mi abuelo,
voy pasando las tardes, cohibido, desanimado,
sin vida, en este cuerpo incierto, desleal,
presente de los años que se fueron.
A la sombra de una mecedora que usaba mi abuelo,
me voy preguntando el por qué de las rosas que murieron
en mis manos,
mi infancia olvidada, mi sueño persistente, y me entrego
al desaliento, cansado de verdades, enterrador de guías
inherentes,
distante en el funeral de las palabras rotas.
A la sombra de una mecedora que tenía mi abuelo,
voy meciéndome sin prisa, recordando lo que fui.
Quizás, alguien vendrá a decirme:
A la sombra de la mecedora que tenía tu abuelo
le falta vida.
Sí - le contestaré – a esta mecedora le falta la alegría
de la sombra de mi abuelo.
CANCIONCILLA DEL AMOR MUERTO
Ya no río como ayer solía,
ya no pienso como ayer pensaba.
Ya no te quiero, flor mía.
Impaciente, no sufro porque no siento.
Tu sombra no será ya mi agonía,
ni tu pelo mi consuelo.
Ya no te quiero, flor mía.
Evitando sol y viento
que de tu boca saltaba,
quedó un corazón de piedra,
y una tristeza con alas,
que sus sueños te ofrecía.
Se acabó lo que se daba,
ya no te quiero, flor mía.